jueves, 8 de enero de 2015

El humor político se volvió más peligroso que la cobertura de noticias de guerra.




Raúl Damonte Botana fue un escritor, historietista y dramaturgo argentino. 

Uno de sus dibujos más conocidos es su personaje de dama sentada con una nariz enorme, que terminó por hacerse famoso a partir de las publicaciones de Hara-Kiri, una revista satírica de París que se distinguía por un humor surrealista.

Cuando la revista hubo cobrado notoriedad junto al personaje, se dijo del autor que había creado su exacto opuesto con esa mujer llena de prejuicios que debe quedarse sobre su silla, sin moverse, porque todo lo que pueda ir en contra de sus convicciones es para ella un gran peligro.

Don Raúl, después se hizo conocido como Copi, y Hara-Kiri se cambió el nombre a Charlie Hebdo.

Charlie, acaba de convertirse en el escenario de un atentado grave y con seguridad histórico para Francia, pero también para el mundo.

Las doce muertes de París ponen de relieve la realidad de un Estado arrodillado frente a otra operación perfecta que barre con cualquier protocolo de seguridad que pudiera haber sido garantizado.

Basta ver la cara completamente desencajada de Hollande cuando en un intento por recoger del suelo los escombros de una gran explosión dice que ‘Nadie debe pensar que puede actuar contra los principios de la República y embestir a su espíritu mismo, es decir, a un periódico.’

Valiente, pero tarde.

El periódico ya había sufrido intimidaciones, (y también los trabajadores fallecidos esta mañana). En efecto, amenazas anteriores se hicieron realidad con los ataques del   2 de noviembre de 2011 cuando la sede del semanario fue atacada con cócteles Molotov, provocando grandes daños tras publicar un número en referencia a la victoria de los islamistas en las elecciones de Túnez.

Qué consecuencias traerá para el mundo la desaparición física de personas conocidas por su humor político; del otro lado del mundo no sabemos pero, Charb, Cabu, Wolinski, y Tignous, eran los íconos de la sátira periodística y de la libertad de expresión en Francia.

Al final no es la muerte, sino lo que esa muerte representa para la sociedad francesa, que por ahora se traduce en dolor y efervescencia: al menos cien mil personas coparon las calles de toda Francia, y las imágenes del acontecimiento intercalan caricaturas, que a pesar de todo ríen, y slogans que rezan ‘sin miedo’, en claro mensaje a los homicidas.

El día jueves ha sido decretado de duelo nacional. Los atacantes están aún prófugos. Hollande dice que Francia está en shock. Probablemente se endurezcan los controles en la frontera. Probablemente se enardezcan las agresiones en las calles; no sería la primera vez que un atentado de éstas características se reproduce en gestos cotidianos de violencia. ¿A qué nivel quedó herida la libertad de expresión? No se trata de periódicos, o medios en general, sino de la manera implacable en que, para cierto sector que evidentemente reside y comparte con la sociedad francesa, está prohibido hablar de ciertas cosas, so pena de acabar insultado, herido, o muerto. Se trata de pensar cómo hacen ahora para convivir, con una ultraderecha en ascenso, comunidades de tradición musulmana y al menos dos generaciones en Francia, con comunidades católicas, ateas, judías, agnósticas, budistas, o de cualquier otra tendencia que de algún modo atente (aun cuando los probables infieles pudieran no tener conciencia de serlo) contra el culto defendido por extremistas, que por otro lado, no representan a la tradición musulmana en su conjunto.  

La educación, la convivencia en el barrio, el trabajo, la calle, el voto; toda forma de expresión ha quedado en jaque frente a un hecho público que de seguro alterará íntimamente la opinión pública.

No hay que olvidar que es la opinión pública la que mueve los engranajes del poder político, sobre todo un poder político tan vapuleado, con Hollande en shock desde el inicio de su mandato, y una oposición que actúa en connivencia. No sería extraño entonces un mayor apoyo a la coalición que lidera Estados Unidos en la guerra contra el Estado Islámico, ni un cambio en la política de seguridad del Estado Francés.

Después de todo es indudable que sin importar las medidas de precaución y alerta del gobierno francés, los ataques no pudieron ser evitados, a pesar de la custodia que ya estaba puesta en el edificio de la redacción de Charlie y pendiente de algunos de los dibujantes que fueron blancos. Esto pone a prueba la capacidad del Estado de sostener la promesa de protección de la vida de sus ciudadanos, frente a lo que aparece como una nueva forma de organización terrorista que funciona con individuos solitarios que atacan impredeciblemente objetivos puntuales, y no eventos masivos, edificios repletos, o grandes aglomeraciones de gente, como antaño.

El inicio de lo que se llamó La guerra contra el imperio del mal, parece aún no haber encontrado límites, sino nuevas maneras de reinventarse para realzar el carácter irónico del mundo y lo absurdo de sus muertes diarias.

A partir de entonces se instauraron medidas de seguridad nunca antes vistas y se generaron controles y reglamentaciones paradigmáticas tanto en Estados Unidos como en Europa; con el fin de evitar nuevas masacres se justificaron inversiones en seguridad.

Frente a diez años de guerras que resultaron un fracaso político y económico, el saldo de aquellas se compone mayoritariamente de miles de muertos en ambos bandos,  violaciones, irregularidades y crímenes graves de guerra (todos destapados a partir del escándalo de los cables de Wikileaks) y el descubrimiento de una puesta en escena que durante años justificó la invasión militar con el objetivo de encontrar armas de destrucción masiva jamás encontradas; ironía sobre las libertades de expresión, aparte.

Luego vino la primavera árabe, la guerra civil en Siria, la represión del régimen de Al-Asaad, el recrudecimiento de los levantamientos y la intervención diplomática de Estados Unidos a favor de los levantamientos, y de Rusia y China, a favor del régimen.

Bajo el liderazgo de Abu Bakr al-Baghdadi, un grupo supo aprovechar la coyuntura de la guerra y expandirse por gran parte del territorio del país, instalando más tarde un Califato en un territorio que comprende parte de Siria y parte de Irak.

Desde entonces el proclamado EI no ha parado de amedrentar a la prensa internacional con ataques pequeños en capacidad militar, pero enormes en cuanto a propaganda, y la prensa, a su vez, no ha dejado de replicar infinitamente la imagen amenazante de un ejército que obtiene su fuerza y su carácter depredador de toda la simbología puesta en marcha mediante videos editados con calidad cinematográfica, y un tráiler de guerra que desafía producciones de Hollywood.

Esto desencadenó una serie de ataques aéreos por parte de Estados Unidos y el llamamiento de dicho país a combatir en coalición internacional contra EI.

Finalmente en septiembre del 2014, EI realizó un llamamiento a sus seguidores residentes en países occidentales a matar civiles, coincidiendo con los ataques de Estados Unidos.

Con los hechos del día 7 de enero del corriente año, cabe preguntarse si no es a pesar de las muertes arbitrarias de ciudadanos comunes que devienen soldados en trincheras, que se está librando en el mundo una guerra de abstracciones. La lucha contra el terrorismo se ha vuelto una lucha de gestos, que sin negar las muertes reales de miles que sufren, se eleva por sobre los campos de batalla ofreciéndole morbo y virtualidad a un público ávido, cada vez más, de argumentos contra el fundamentalismo islámico, o acaso contra cualquier fundamentalismo.

El acelerado rebote de los cables de guerra, los videos virales, las redes sociales, la fácil accesibilidad a la tecnología que permita utilizar estos canales, han dado lugar, no sólo a la transmisión de información, sino además a la propagación de videos falsos, con la consiguiente replicación de ellos en diarios del mundo que más tarde deben corregirse dada la cuestionable calidad de sus fuentes, y la velocidad con la que deben satisfacer la demanda de información.




En este contexto no sorprende que el humor político sea tan (¿poderoso?) ofensivo frente a un fenómeno bélico que se sostiene menos con la ayuda de un fanatismo implacable, y más con una gran estructura fabricada de espectacularidad aberrante, que ante la existencia de una grieta en su discurso, corre el riesgo de desmoronarse.

Y tampoco sorprende que las autoridades internacionales no tengan la más remota idea de por dónde comenzar a sofocar el incendio; cabe preguntarse si el pánico no es una forma de fanatismo que también sería bueno combatir.*

El fundamentalismo, no solamente es la adoración fanática a una idea o una religión. Es además la falacia que justifica la implementación de medidas de seguridad extraordinarias por parte de un Estado ante un peligro inminente, condiciona la actividad del individuo, y finalmente se expone como la única explicación del fracaso ante la urgencia.

Todo el aparato de seguridad que combate las acciones fanáticas es en sí mismo un fundamentalismo.
Corre el riesgo de perder imagen permanentemente, y que el show de sus debilidades se convierta en las victorias de su enemigo, y viceversa.

Y tanto el espectáculo estatal fundamentalista como el show del fanatismo religioso, parecen haber creado su exacto opuesto, como Copi, emulando a esa mujer llena de prejuicios que debe quedarse sobre su silla, sin moverse, porque todo lo que pueda ir en contra de sus convicciones es para ella un gran peligro.








* Es bueno el ejemplo de la caricatura de Zep a horas del asesinato de sus colegas.










Escrito por Lucas Trouillard y Soledad Avellaneda.

1 comentario:

  1. http://www.elconfidencial.com/mundo/2015-01-10/respetando-a-los-canibales-europa-es-complice-del-fundamentalismo-islamico_619350

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